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En el escenario virtual, las Divas se detuvieron un instante y se inclinaron hacia la cámara como si miraran a todos los que las observaban. "Gracias por encontrarnos", dijo la soprano con voz de porcelana. "Esta noche damos lo que fuimos y lo que fuimos dejando atrás."
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La transmisión comenzó con estática y luego se tornó clara: una sala retroiluminada, terciopelo rojo, espejos ovalados que multiplicaban las figuras. Tres voces entraron al mismo tiempo, distintas como relojes rotos: una rasgaba notas graves que olían a humo; otra, una soprano quebradiza, elevaba cristales invisibles; la tercera cantaba en un idioma inventado que hizo vibrar la madera del escenario. Eran las Divas: leyendas que la ciudad creía sepultadas en discos polvorientos y revistas amarillas.
Marina recordó los recortes de periódico que había guardado de adolescente: fotos de un concurso de talentos local en el que su madre había participado, la misma sala, las mismas cortinas. Su madre, que siempre había abandonado la música por razones que nadie explicaba. En la grabación apareció un fragmento que Marina no recordaba: su madre, joven, sosteniendo un micrófono con mano temblorosa, cantando esa misma melodía. Detrás, apenas visible, la figura de una mujer que la joven Marina jamás había visto: una de las Divas, con ojos de marfil y una sonrisa que no alcanzaba los labios.